LUÍS SOARES - LA AVENTURA DE HACER DEL SUEÑO UNA REALIDAD

Los sueños puede prever el futuro,
porque nada llega por azar.
Ania TEILLARD


Luís Soares es un loco cuerdo. O un cuerdo loco. Especie de rara etiología, muy difícil de definir, a la que yo mismo me honro en pertenecer. De cuerdo loco o loco cuerdo es vivir del arte, especie poco sustanciosa, que alimenta el alma y no alfombra el riñón. Y de cuerdo loco o loco cuerdo es presentar a un artista que se presenta solo. Ni Luis Soares ni su arte precisan de presentadores ni presentaciones. Su mejor tarjeta de visita son ellos mismos, el artista y su arte, que lo del artista y la modelo ya no se lleva.
Quijote y Sancho al mismo tiempo, va por la vida a ratos vestido de luces y a ratos vestido de sombras.
Después de todo, en este mundo cruel todo es cuestión de caretas, que cada quien lleva la que más le cuadra, que viene a ser la más conveniente. Como el escritor búlgaro Doncho Tzonchef anunciara en No ha pasado nada: «Un depravado sabe llevar mejor que nadie la máscara de un santo».
De padre blanco que anda por las Misiones se le va poniendo con los años la cara (o careta) a Luís Soares, hombre de mundo y culo de mal asiento. Quien, a la chita callado, se jazta de vivir a la vez en tres continentes que son un solo continente, el que a su imagen y semejanza ha delimitado con un círculo de tiza para llevar consigo adonde consigo va.
A caballo, actualmente, entre Cascais y Talavera de la Reina (y del Tajo, en la República), Luís Soares vaga por el jardín de los caminos que se bifurcan, tanteando el vacío con las manos como el pianista que deambula por la ciudad del último concierto en busca del piano de cola que no sabe en qué teatro se dejó olvidado colgando de la nota final. Allegro ma non troppo.


Frontero a Madagascar

Puesto a nacer, que en algún lugar hay que venir al mundo para empezar a ser alguien, el nonato (con memoria intrauterina, como Dalí) decidió que convenía muy mucho a su futura biografía de artista con proyección universal aparecer cara al sol. Por donde la mañana empieza. Y es el Orto. Que tiempo tendría de vivir como artista del pincel en el punto diametralmente opuesto. Donde la tierra se acaba. Y es el Ocaso.
De manera que del orto al ocaso y de mar a mar discurre su tabla de marear. Del Índico al Atlántico, con dos continentes por sólido asiento, África y Europa. Y un tercero, Asia, como discordante espejo exótico en que mirarse en busca de inspiración.
Raro que es él, Luís Soares se adentró de rondón en este mundo de locos por la tronera de un lugar políticamente nombrado «provincia de ultramar con autonomía» (eufemismo de colonia ultramarina), frontero a esa ballena con forma de isla que es Madagascar. Alumbrar mirando hacia la mayor isla del continente africano es de buena salud. La madre exclamó: «¡Jesús!». Y nació Luís, con el nombre ya puesto. Fue el 22 de agosto de 1952, en Lourenço Marques (hoy, Maputo), capital de Mozambique.
Descendiente de colonos se autonombra. Por ser esa la divisa que orgullosamente luce en el solomillo, grabada a sangre y fuego, como un esclavo de la vida a quien la vida hace feliz. De lo cual ocasión habrá de hablar, largo y tendido, en una futura biografía de muchas páginas y profusión de ilustraciones sobre su vida y obra, que augura gratos y sorprendentes pasajes.Valga un anticipo: Luís Soares no es actualmente vecino de un lugar cualquiera, una insulsa dirección del callejero con nombre de conveniencia. Para pasmo de ingénuos, vive asomado al vértigo en la Boca do Inferno.
Colgado de un sueño, como Mary Poppins del paraguas, el vecino de la Boca do Inferno se toma tan tremendo topónimo a chirigota. A él lo que le mola (caracola) no son los demonios rematadamente malos, con patas de macho cabrío, cuernos con vueltas y rabo anillado, sino los demonios rematadamente buenos, angelicales incluso. Los demonios, decididamente antropomorfos, que besan y abrazan con recochineo humano. Y los humanos que besan y abrazan con pasión endemoniada. Luís Soares es un demiurgo, una fuerza desatada de la naturaleza.
Pocas personas conozco que destilen tanta vitalidad aparente como él, sin perjuicio de que la procesión vaya por dentro. Porque en la vida, como en el repetido ciclo de las estaciones, hay primaveras, veranos, otoños e inviernos. Tiempos de ardua siembra y tiempos de nula recolección. Secas y riadas. Hambrunas y empachos.
Todo lo cual sortea el biografiado con su estruendosa voz de baritono atenorado y una carcajada tan poderosa que tiene la virtud de levantar el vuelo de las palomas en los campanarios de las catedrales. Habla a gritos, con voz sorda. Estruendoso. Y ríe de la misma forma, sin importarle el que dirán.


Las tres maderas con alma

Apuntado queda que su infancia y primera juventud discurrió en una caótica y abigarrada sociedad triangular, irremediablemente colonial, con puerto de carga y descarga abierto a todo tipo de negocios y tráficos humanos (incluso los confesables): Asia, África, Europa. Desde entonces, la cultura asiática, africana y europea se agitan en la coctelera de su ser abierto a toda experiencia que sume.
Que su vida no haya sido fácil lo tiene a timbre de gloria. Nada le ha venido dado. Nadie le ha regalado nada.
Todo ha tenido que procurárselo él. La forja de este rebelde con causa es de ida y vuelta. De muchas idas e infinitas vueltas. Y aún de intrincadas revueltas. Ires y venires por los tres continentes que considera suyos, sotanales de su vida y de su poderosa causa. En los cuales, ha aprendido que las maderas con alma son tres: la caoba, el ébano y el cedro. Maderas con las que, remedando a los indígenas africanos, construye gargantillas que cuentan leyendas tribales cuando se acercan al oído.
De su tocayo Camoens trató de leer Os Lusiadas. Y, como la mayor parte de los escolares portugueses, cerró de golpe el libraco de insufrible lectura obligatoria, razonando que tenía que ser muy bueno porque entenderlo no estaba a su alcance. Empero, en Mozambique, rastreó con gran denuedo los pasos del aventurero Camoens, máximo estibador en el muelle de las letras lusitanas, cuyo ojo derecho perdido flota como un pez solar en su repertorio iconográfico, pródigo en soles tuertos y lunas ojáncas.
Hubo un tiempo que Luís Soares quiso ser lo que otros son. Más que nada por ver qué era aquello de que todos se valían para ir tirando: el sueldo fijo. Terco empeño. Aquella cuer da locura, su pasión por la normalidad, duró un ay. Porque acreditada verdad es que cuando el arte quiere alguien para su causa siempre acaba encontrando el modo de reclutarlo. La imaginación juega en favor de esa derrota, el sueño de ser artista, al que el artista en ciernes se entrega con pasión de devoto, buscando el ojo perdido de Camoens, que siempre supo prendido de la punta de la espada de un marido cegado por un ataque de cuernos.
Todo lo cual aparece, sin aparecer, en su obra con trasfondo colonial. El dibujo, el grabado, el diseño, la pintura, el muralismo, la cerámica, la escultura, la vitrofusión, la rejería, las alfombras, los tapices y las joyas de broce (¡que la plata y el oro están por las nubes!) para cuello, muñecas y garrones juveniles brotan en sus sueños de despierto y en sus vigilias de dormido en forma de asidero para la definitiva salvación. Para las mujercitas en flor, hará joyas. Y de las joyas que diseñe vivirá.


El fado como consigna

En la Metrópoli, la mala salud obliga al dictador Oliveira Salazar a asumir su irremediable condición de muerto vertical, dejando el puesto (1968) a Marcelo Caetano. Diez años después, Portugal vive un momento de gran gloria universal. La «Revolução dos Cravos» (25 de abril de 1974). Al alba de ese día, de imborrable memoria, Radio Renascença, la emisora católica portuguesa, retransmite a cielo abierto la canción Grândola Vila Morena, compuesta por José Alfonso y unánimemente escogida por los militares como santo y señal para el inicio de la revolución sin tiros.
Desde entonces, la versión de la grandiosa Amália Rodrigues suena eternamente suspendida del recuerdo de un orden caduco que se renueva a pasos agigantados

Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade


Versos como filos y claveles reventones en la desmemoriada boca de fuego de los tanques y los fusiles sin fuego. La independencia de las colonias deviene ya inevitable. Y adviene la Democracia. El peor de los sistemas políticos, salvo todos los demás.
Luís Soares celebra la independencia de Mozambique casándose en 1975. Y pone en pie de obra sus primeras esculturas con desperdicios de una fábrica de plásticos y otros objects trouvés. Basuras para el arte. Fealdades para la hermosura. Tiempo al tiempo. Como muchos compatriotas, tan colonos de origen como él mismo, piensa que el momento de regresar al lugar de sus mayores no ha de andar muy lejano.


Al hilo del Tajo

Momento de tornavuelta (1981). Luís Soares «muda-se para Cascais». Aquí, abre un taller cuya idea medular es la investigación en arte (o más bien: en artes) con dos blancos en la mira de su escopeta de caza: la mixtura de estilos (resonancia del origen multicultural) y el arte total (o conjunción de todas las artes a su alcance).
Tras veinte años de incesante magisterio artístico en Cascais y mucho ir y venir de la Ceca a la Meca, Luis Soares remonta el Tajo y abre estudio de pintura, cerámica, diseño y otras artes adyacentes en Talavera de la Reina (2004), milenaria ciudad toledana que tal apellido lleva por María de Portugal, a quien Alfonso XI de Castilla se la donara, como parte de arras, con Guadalajara y Olmedo.
Diecisiete años tenía «el Onceno» y quince años María la Portuguesa (nada que ver con la del fado) cuando, en 1328, se juraron amor eterno en Alfayate. Más le habría valido al coronado pájaro de cuentas darle menos ciudades en dote y quererla un poco más. Tanto al menos como a su amante, Leonor de Guzmán, viuda de Juan de Velasco, con la que hubo, en incesante coyunda, diez hijos bastardos. Entre ellos, el futuro rey Enrique II el Terrible.
En la crónica elegíaca, escrita por real mandato, la favorita del rey raya a inconmensurable altura:
           « Era, dueña muy rica y muy fija dalgo y era en fermosura la mas apuesta muger que avia en el Reyno ».
Inconscientemente, Luis Soares incorpora tan desdichado capítulo en su iconografía habitual. Dos rostros formando un solo rostro. El príncipe y la princesa. Incipiente amor adolescente que nace a orillas del Tajo, amalgamando dos reinos que son un mismo espacio natural. Alfonso de Castilla y María de Portugal. Dos boquitas de piñón que juegan a rimar imposibles romances juglarescos. Y cuando los labios no riman, en el repertorio iconográfico aparecen los rijosos besos del rey y su amante. Besos de tornillo, radiografiados por el artista. Firmes y legítimos esposos y amantes furtivos que en el azaroso momento del beso comparten un mismo rostro, la divisa de la pareja ideal: dos mirando en la misma dirección, dos amores en un solo círculo.
El motivo de los amantes besándose, altamar de labios compartidos, se repite en la iconografía del artista, que, en el fondo, nada tiene de literario. Y sí mucho de espontáneo.


Bordeando el abismo

Para remediar el mal que a su marido aquejaba, la humillada reina urdió una torpe treta que el historiador Juan de Mena, en La Favorita, recrea con galanura:
«La reina Doña María, que sí amaba a su esposo y que intentaba atraérselo por todos los medios, no vaciló en acudir a una hechicera judía que vivía en la calle de la Pimienta, para que le preparase un “filtro de amor”, bebedizo que ella echaría disimuladamente en la copa del rey, para que se enamorase.
Mas, por una inesperada confusión, el botecillo del bebedizo fue a parar a la enfermería del convento de San Francisco [...] y el enfermero creyéndolo una medicina se lo dio a beber a un joven novicio que estaba enfermo de calenturas.
Rastrear en la obra dibujística, gráfica o pictórica de Luis Soares este motivo no es misión imposible. Seguro que ya lo ha representado. Y si no, que lo represente, que a tiempo está. El bebedizo, preparado con sabiduría, que adquiere vida propia y va a la persona equivocada. Del rey bujarrón al virginal novicio, que redescubre la pasión por la vida a extramuros del convento al apurar de un trago el frasco hasta las heces.
«El novicio [...] animado por un inesperado vigor, sintió en aquel punto flaquear su vocación, y abandonó el convento enrolándose para ir a la guerra a luchar contra los moros granadinos. Al regreso de la campaña, en la que había prestado brillantísimos servicios, fue invitado por el rey a una fiesta en el Palacio del Alcázar. El joven don Fernando, que así se llamaba, conoció en la fiesta a doña Leonor de Guzmán, e ignorando que era la amante del rey, creyendo que era una dama del servicio del palacio, se enamoró de ella y le pidió al rey que se la diera por esposa.
[...] Accediendo a que ella se casase, la convertía en una dama respetable ante la corte, y evitaría que se pudiera murmurar, y llegar a oídos de su suegro, el rey de Portugal, que afrentaba a su hija la reina Doña María teniendo una amante en el propio palacio».
Un error. La favorita del rey era lo menos maleable que ha conocido Castilla. Una mujer de cuentas, con pechos como cántaras, (representada por Luis Soares con finísima línea al aguafuerte), a quien el antiguo novicio y actual marido contempla, arrobado, sin saber por dónde hincarle el diente.
«[...] Una vez casados ella expuso [a su marido, don Fernando] que el suyo era un matrimonio de pura fórmula puesto que ella era y seguía siendo la Favorita del Rey.
Don Fernando, no pudiendo vengarse del rey, rompió su espada, con la que le había servido heroicamente, y la arrojó a los pies del monarca diciendo “Quedaos con vuestra favorita, que yo me vuelvo a mi convento”».


Un drama en busca de autor

Los buriles del grabador Luís Soares van recreando el drama hispanoluso sin saber de que esquina de la ciudad, a orillas del Tajo, en la que trabaja, le llega la inspiración. Si de la calle de la Pimienta o de la iglesia parroquial, donde la reina pedía devotamente a Dios que a la amante de su marido la partiera un rayo. Pero como Dios escribe con renglones torcidos lo que se le ocurrió fue que el casquivano rey «muriera herido de peste». Viernes Santo, veintiocho de marzo de 1350. En el sitio de Gibraltar.
A rey muerto, rey puesto. Sin haber cumplido los dieciséis años de edad, le sucede Pedro I de Castilla, su primogénito.
Como regente, María de Portugal maneja ahora los hilos. Y a la amante que la zurza un mono. Primer aviso: a instancias suyas, Leonor de Guzmán fue apresada cuando viajaba a Sevilla en el cortejo fúnebre del rey y encerrada con grilletes en los calabozos del Palacio Real. Segundo aviso: para que no azuzara al bastardo Enrique contra el legítimo rey Pedro, la mandó encerrar en el castillo de Abderrán III y acuchillar hasta la última gota de sangre. Fue en Talavera, año de gracia (y desgracia) de 1351.


Al fin, de la Reina

Luís Soares presiente que el día menos pensado va a representar todo esto, que a lo mejor ya lo está representando, en los dibujos, en los cuadros, en las pinturas, en las cerámicas y en las esculturas y hasta en las joyas, que cuanto de Talavera de la Reina conoce ya late imaginariamente en su obra artística como seguro trasfondo emocional.
El drama talaverano (que ni de Shakespeare) crece en intensidad a medida que se acerca a su conclusión. La reina madre conspira contra el propio hijo, el rey Pedro I, llamado el Cruel por sus detractores y el Magnánimo por sus panegiristas. Y hete aquí que, hallándose ella, el dieciséis de enero de 1365, en el alcázar de Toro, el advertido monarca, nacido de sus entrañas, mandó pasar a cuchillo a los nobles que conspiraban contra él en aquella fiesta con convite. De milagro, la reina salvó el gaznate. Pero qué mal le sentó la degollina, según el cronista López de Ayala (1780:207):
«E la Reyna Doña María, madre del Rey, quando vió matar asi á estos Caballeros, cayó en tierra sin ningún sentido como muerta (…) é después levantarla, é vió los Caballeros muertos enderredor de sí, é desnudos, é comenzó á dar grandes voces maldiciendo al Rey su fijo, é diciendo que la deshonrára e lastimára para siempre, é que ya más quería morir que non vivir».
Magnánimo por una vez, el hijo enfundó la espada y le mostró con el dedo la raya de Portugal, invitándola a irse «do fuera nacida». Fallecida en Évora (18 de enero de 1357) a los cuarenta y cuatro años de edad, tras no pocos avatares sus restos descansan en un austero cajón de madera con dos aguas, en el sevillano Monasterio de San Clemente. Donde cumple enviarle un emotivo beso de complicidad.


Un espejo en el camino


De Talavera de la Reina, Luís Soares toma como motivo para la interpretación iconográfica cuanto esta milenaria ciudad tiene que darle y a la que ofrece cuanto lleva dentro. Sin aspavientos. No al pie de la letra. Imaginariamente. Sin explicar la razón que inspira cuanto representa, el hilo conductor que nutre sus sueños de artista que en su fuero interno considera que la vida es un espejo en el camino, como tan sabiamente apuntara el dramaturgo inglés más universal. Un tornadizo y a la vez fiel espejo que refleja ebúrneos caballos bizantinos que despiertan con su aliento del sueño a las princesas que aspiran a ser reinas, reyes que engañan con amantes a la reina en una cama con dosel, favoritas que conciben del rey bastardos para el trono, despreciadas reinas que darían su reino por un caballo, su corona por un buen revolcón, filtros de amor de hechicheras judías que despiertan la dormida bragueta de los novicios sin sólida vocación conventual.
Con una línea endiabladamente fina (en el dibujo y el grabado) que va y viene como humo de paja (negro de pluma o buril) y se pierde en el infinito arabesco de un trazo calidoscópico. O con densas pinceladas (con resonancias picassianas) formando dos rostros en un solo círculo, donde los rasgos faciales se comparten, como nieve presta para la avalancha. O en joyas broncíneas o esculturas que se retuercen como hierro al fuego dulce, porque todo lo anima la pasión de la incesante creación, la libertad creativa En Talavera de la Reina, domicilio toledano, que comparte con Cascais, domicilio portugués asomado a la Boca do Inferno, Luís Soares vive, trabaja, crea, imagina y sueña caminos, acordando con Jofre (a quien no ha leído) que «la vida es perfecta cuando se tiene la oportunidad de hacer de un sueño la realidad».

Antonio Martínez Cerezo
es escritor, historiador y academico.


[Menu Anterior] [Ceramica Artistica de Cascais] [Editores] [Comentarios] [A]
[A]